Ayer te soñé y continué aquel sueño del que me hablaste y sentí en lo más profundo de mi ser…
Desde la playa, subida en mi transatlántico, divisé en la lejanía de la costa una gran palmera. Me miraba con ojos penetrantes mientras esbozaba una sonrisa amplia y diáfana. Parecía como si estuviese tratando de decirme algo. De pronto el agua del mar comenzó a retirarse y el gran barco comenzó a embarrancar apoyando su gran cascarón de color negro sobre los inmensos arrecifes de coral. Desde cubierta comencé a sentir como todo el peso del barco comenzaba a resquebrajar los arrecifes. Mi madre, que también viajaba conmigo, se acercó a mi lado y dijo:
Mi madre aparecía en el sueño como un ser rodeado de luz y con un sólo ojo en el centro del pecho. No tenía rostro o al menos no era relevante para mí.
Sin saber porque, las palabras salían de mi boca apresuradamente y contesté:
Mamá se quedó mirando el fondo del mar durante unos instantes. Los corales brillaban como si estuviesen cubiertos por una inmensa capa de estrellas resplandecientes. Deslumbraban. Apenas se podía mantener la mirada sobre el impresionante fondo marino. Era como si el cielo estrellado hubiese sido dibujado al revés, sobre los colosales bancos de coral.
En la lejanía, tierra adentro, una ola gigantesca comenzó a formarse.
En la orilla todas las palmeras tenían, ahora, ojos y boca. Susurraban una canción que lo envolvía todo. No podía dejar de pensar en la gran ola y en el miedo que de pronto sentía.
En unos instantes un viento muy intenso llegó y el mundo entero se inclinó por la fuerza del vendaval. Sobre la cubierta las dos mujeres se agarraron a la barandilla de estribor.
Cerré los ojos un instante y el viento cesó. El barco comenzó a moverse. El mar estaba en calma. En la lejanía divisé una gran ciudad pintada de mil colores y tuve una sensación de felicidad plena. Me sentí parte de todo…
Berín